martes, 20 de mayo de 2008

Piconeros


Leyendo, leyendo me he encontrado esta carta publicada en El Periódico de Extremadura La reproduzco aquí porque su autor evoca un oficio ya perdido en el que los burros desempeñábamos un rol muy importante.

"Pablo R. Montesino-Espartero

Badajoz

¿No los recordáis?

Bajaban por Gómez Becerra, la Ronda del Carmen y la avenida de España arrebujados en sus renegridas mantas o cubriendo con sacos sus cabezas a modo de capuchas cuando la lluvia arreciaba...

Salían de Malpartida bajo el cielo estrellado cuando nosotros, niños, nos econtrábamos en el mejor de los sueños, calentitos en nuestras camas, mientras en la calle, el termómetro se hundía bajo cero.

Arreando a sus burros cargados y teñidos como ellos del negro polvo del picón, embocaban las calles de Cáceres con sus cargas de buen picón de jaras, gritando al alba cacereña: ¡A picón quieeen!

¡Qué gente aquella! ¡Qué calidad humana y qué resistencia!

Recorrían a pie los 12 kilómetros que separan a Cáceres de Malpartida en más de 3 horas de duro caminar. Salían de su pueblo hacia las 5 de la madrugada para estar en Cáceres al amanecer, ofreciendo a las amas de casa su producto elaborado a la intemperie en las serranas dehesas cacereñas.

¡Cuánto frío nos quitaron aquellos piconeros a los niños cacereños en los años 40, 50 y 60...!

Sus caras tiznadas no permitían reconocer sus fisonomías, resaltando tan sólo entre tanta negrura, el blanco de sus ojos. Sus pies, calzados con abarcas fabricadas con trozos de cubiertas de automóviles --sin calcetines a veces-- dejaban ver la mugre acumulada de días y días de duras jornadas de trabajo y de peregrinar por la carretera.

Sus manos, resquebrajadas por el frío o con impresionantes sabañones en sus dedos, les alejaban de toda condición humana; pero bajo aquella manta o capucha renegrida, siempre iba un padre de familia al que el hambre de sus hijos le hacía esforzarse hasta el límite de lo imposible.

Les veíamos pasar de regreso --terminada la venta ambulante-- sujetando con el pulgar un trozo de tocino sobre pan candeal y navaja en ristre, para enfrentarse de nuevo a las 3 leguas que debían recorrer hasta su casa... y vuelta a empezar.

Siento una viva emoción al recordarlos y desde aquí les expreso mi admiración y agradecimiento por todo el frío que me quitaron en aquellos terribles y crudos inviernos extremeños, pero también debo confesar mi vergüenza como cacereño, al ver de qué manera dilapidamos nuestras oportunidades de reconocimiento a aquellos hombres de extraordinaria fortaleza, cuando veo cómo las flamantes rotondas de entrada a la capital por su ruta, se adornan con esas esculturas de dudoso gusto o paralepípedos multicolores de ignoto significado. ¿No estaremos perdiendo los valores que aquellos piconeros extremeños nos enseñaron con su sacrificio poco o nada reconocido?"

1 comentario:

Terly dijo...

Yo fui uno de aquellos niños que, al calor de los braseros encendidos con el picón que nos proporcionaban aquellos abnegados piconeros, crecí en el Cáceres de aquellos años de posguerra en los que el frío y el hambre eran el "pan nuestro de cada día"