Pero esta semana, el miércoles para ser más precisos, me llamó la atención cómo nuestros cuidadores se afanaban en llevar balas de paja con los que hacer unas pequeñas gradas en el patio del pozo. ¿Qué se traerán entre manos?- le pregunté a Snooty, un burro que se asoma todos los días a la ventana de mi establo y que lo había visto todo desde una esquina a la que yo no podía acceder. Romero,-me informó- están preparando un guiñol. Vienen a vernos 100 niños, los más pequeños de un colegio de Antequera.
No tardé mucho en oir el motor de los autocares que los traían y sus risas y gritos alborozados al descender.
Al rato, ya vi aparecer a Iván rodeado de críos recorriendo el refugio.
Cuando los niños se acercan a mi recinto me encanta rebuznar bien fuerte, para hacerme oir, y disfruto al ver su expresión de asombro ante mi esfuerzo vocal.
No sé que tendrán los niños, pero a los burros nos gustan (aunque no seamos capaces de comernos uno entero).
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